El mito de la “benevolente empresa de posguerra” en los EEUU Harold Meyerson. Editor de The American Prospect

Igual que la presidencia de Donald Trump ha contribuido a la apreciación retrospectiva de George H.W. Bush, la conducta de las empresas norteamericanas en las últimas cuatro décadas —por no ponernos demasiado finos sobre su modo de embolsarse ingresos para sus accionistas mientras dejaba sin pagar, si es que no abandonaba por completo, a sus trabajadores — ha teñido de un rosado resplandor a las empresas norteamericanas de la era posterior a la II Guerra Mundial.

Un comentarista que se ha bañado en ese resplandor, a juzgar por la evidencia de su columna en The New York Times, es David Leonhardt. Su columna [“Cuando los presidentes ejecutivos se preocupaban por Norteamérica”] aplaude con mucha razón el anteproyecto de ley de Elizabeth Warren que exige a las empresas que reserven
el 40 % de los asientos del consejo de administración a representantes seleccionados por sus trabajadores, una versión ligeramente aguada de la co-determinación alemana, pero un paso adelante significativo, si alguna vez se llega a realizar, en la batalla por hacer responsables a las empresas no sólo ante sus mayores accionistas (entre los cuales se cuentan sus más altos ejecutivos, a los que usualmente se compensa con valores).
Leonhardt advierte correctamente que sólo a finales de los años 70 comenzaron las empresas norteamericanas a acaparar sus ganancias para accionistas y gestores. Durante los treinta años precedentes, por contraposición, la renta de los trabajadores aumentó al mismo ritmo que lo hacía la productividad y que las empresas proporcionaban seguros sociales y pensiones.
¿Por qué sucedía esto? Según Leonhardt, eso se debía a que “la mayoría de los ejecutivos se comportaban como si les importaran sus trabajadores y comunidades”. Cita un famoso artículo de Bill Benton, de la agencia publicitaria Benton y Bowles, que apareció en 1944, sugiriendo que las empresas norteamericanas tenían una misión más elevada que la de enriquecer a los ricos, y sugiere que esto se convirtió en opinión ampliamente aceptada en los consejos de administración empresariales.
Lo que no encontrarán en la columna de Leonhardt es mención alguna de los sindicatos, lo que hace de este análisis algo semejante a un Hamlet sin el príncipe. El hecho de que los sindicatos representaran a un tercio de la fuerza de trabajo norteamericana cuando Benton redactó su artículo, y bastante más de un tercio en grandes empresas, fue la principal razón, de modo abrumador, por la que las empresas compensaban a sus trabajadores de manera más justa que en décadas recientes.
El contrato que firmó General Motors con los United Auto Workers [principal sindicato del sector del automóvil] en 1950, que sentó el modelo para los contratos más igualitarios de ese periodo, se produjo por el temor de GM de que pudiera tener que soportar otro cierre de más de cien días como el que los trabajadores de los UAW le habían infligido a la empresa en su huelga de 1946, que hizo época.
Y tal como ha documentado Jack Metzger en su maravilloso libro, Striking Steel [El acero en huelga], los años 50 fueron una década llena de huelgas de gran envergadura a medida que los sindicatos luchaban con éxito por desbaratar las propuestas empresariales que habrían recortado los avances en salarios y prestaciones conseguidos por los trabajadores (el libro de Metzger toma su título de huelga de 1959 de los trabajadores del acero contra U.S. Steel, cuando cerca de medio millón de trabajadores dejaron de ir a trabajar durante 116 días, obligando en última instancia a la empresa a mantener e incluso incrementar sus prestaciones a los trabajadores).
De modo que seamos claros respecto a los que los franceses llaman les trente glorieuses, los 30 años posteriores a la II Guerra Mundial en los que aumentó la renta de los trabajadores y surgió una masiva clase media masiva. No fue la Era Dorada de las Empresas Benevolentes. Fue la era dorada de los Sindicatos.
Harold Meyerson columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, “uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación” (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).