Demócratas estadounidenses asumen el socialismo nórdico de Europa Diego Herranz. Economista y periodista español. (publico.es)

Bernie Sanders es la sorprendente semilla que ha crecido gracias a un recetario que entronca con los partidos socialdemócratas escandinavos.

El socialismo echa raíces en EEUU. Desde el seno del Partido Demócrata, bajo el recetario ideológico del veterano Bernie Sanders y como baluarte al neoconservadurismo, a veces proteccionista, en ocasiones ultraliberal y siempre caótico de Donald Trump. Con un inaudito apoyo en las encuestas y con opciones de recuperar la hegemonía en el Congreso en las elecciones del 6 de noviembre.

Como la leyenda del Ave Fénix. Así podría entenderse la paradoja ideológica que vive EEUU en la actualidad. Y que deja entrever el resurgimiento de un socialismo que siempre existió en el país del libre mercado, aunque nunca dejó de ser un movimiento residual en la mayor potencia económica del mundo. Los Socialistas Democráticos de América (DSA, según sus siglas en inglés) se configuraron como formación política en 1912. Pero apenas han superado los 6.000 afiliados en todo el territorio estadounidense. Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

La dura contienda que el dirigente republicano ha venido realizando, desde la campaña electoral que le llevó a la presidencia, hacia las políticas de su antecesor en el cargo -desde la universalización del MediCare, proyecto que ha calificado reiteradamente de “despilfarro de los recursos” de los contribuyentes, hasta sus acuerdos comerciales globales, a los que señaló como causa del déficit americano y cuya derogación paulatina ha servido para desempolvar el proteccionismo y gestar la guerra comercial en curso, pasando por los virajes en las legislaciones financiera y fiscal hacia posiciones más laxas para los bancos y de una mayor disponibilidad al gasto, con los pertinentes riesgos inflacionistas, a consumidores y empresas-, está siendo el caldo de cultivo adecuado para el resurgimiento del socialismo. Desde la llegada a Washington de Trump, el censo del DSA se ha disparado hasta superar los 50.000 inscritos.

El rechazo visceral que el actual inquilino del Despacho Oval destila contra Barack Obama, al que considera inductor de la pérdida de hegemonía de EEUU y a quien reprocha, esencialmente, su estilo multilateralista en el escenario internacional -y su abuso del soft-power- su docilidad en materia migratoria y su inacción en el terreno económico, dentro de las fronteras nacionales, ha obrado el milagro. Porque como tal debe considerarse la irrupción de una posición ideológica casi proscrita en la historia del país que tiene el individualismo incrustado en su cultura y el libre mercado en su ADN.

Restablecimiento de la justicia social

Quizás el ejemplo reciente más simbólico de este fenómeno inaudito se encarne en la figura de Alexandria Ocasio-Cortez, activista política y simpatizante de los programas del DSA, que ganó el pasado mes de julio una de las candidaturas demócratas al Congreso, frente a Joseph Crowley, el cabeza de cartel oficial del partido en su circunscripción.

Ocasio-Cortez, nacida en el Bronx y de origen puertorriqueño, asegura “priorizar la libertad, la justicia y la democracia” frente a los excesos del capitalismo, aunque -matiza- no ve incompatible restablecer estos principios, que juzga lesionados tras la crisis de 2008, con un mercado ordenado, con regulaciones adecuadas y unos sistemas de supervisión eficaces. En sintonía con las directrices marcadas por Bernie Sanders.

Porque el veterano senador por Vermont, Bernie Sanders de 77 años, y contrincante de Hillary Clinton en las últimas primarias presidenciales demócratas es, sin duda, el artífice de la otra semilla sobre la que ha germinado este incipiente -y sorprendente- fenómeno político en EEUU, que ha crecido gracias a un recetario que entronca con las directrices de los partidos socialdemócratas escandinavos.

Proclives, por un lado, al individualismo, favorables a las exigencias competitivas que determinan las bolsas y los mercados de capitales a bancos, a empresas y a los profesionales -liberales o asalariados-, pero que, por otro lado, defienden con celo sus estados de bienestar y los derechos sociales y laborales labrados desde hace más de medio siglo.

Ocasio-Cortez -o Rashida Tlaib, otra representante del ala izquierdista del Partido Demócrata, en Detroit- tienen casi asegurado su acceso al Congreso americano, el próximo 6 de noviembre. En las trascendentales elecciones de medio mandato -presidencial- conocidas como midterm y que renueva la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes, una tercera parte de los cien asientos del Senado y 36 de los 50 gobernadores de la Unión.

Encuestas como la que acaban de publicar conjuntamente la cadena NBC y el diario Wall Street Journalconceden nueve puntos de ventaja a los demócratas en intención de voto. Y con una visión positiva, dentro de las filas demócratas, a las nuevas concepciones socialdemócratas auspiciadas por Sanders. Otro sondeo de opinión, de la consultora Gallup, muestra que el 57% de sus simpatizantes se sienten cómodos y aceptan el giro hacia el socialismo del partido.

Más que incompatibles, el capitalismo y la justa redistribución de la riqueza se están separando. Esencialmente, porque el sistema de libre mercado, tal y como se manifiesta en la actualidad y desde la quiebra de Lehman Brothers, no funciona convenientemente. Sanders, arquetipo del socialismo en las filas demócratas, incide en esta tesis. No ahora.

En su batalla por las primarias con Hillary Clinton enfatizó el road-map que debería seguir EEUU bajo unas directrices socialistas y que apuntan a la creación de redes de seguridad hacia los ciudadanos más desfavorecidos. Sin torpedear el dinamismo capitalista, pero, eso sí, apuntando a una presión fiscal suficiente para acercarse a los estados de bienestar escandinavos.

El ideario de Bernie Sanders

En mayo pasado, el senador demócrata, de convicciones judías, redactó un memorándum, que llama Workplace Democracy Act y que, en esencia, propone el reforzamiento de los sindicatos como catapulta para impulsar los salarios y reducir las desigualdades de renta en un país en el que seis de cada diez ciudadanos -es decir, entre ellos, gran parte de la clase media- tienen que solicitar préstamos personales para sufragar gastos extraordinarios mensuales que superen los 400 dólares. Su ideario fue suscrito por congresistas demócratas como Elisabeth Warren, Kamala Harris o Kirsten Gillibrand, todas con intención de concurrir a las primarias demócratas en 2020.

Entre otras medidas, su iniciativa promueve el registro de nuevos movimientos sindicales que puedan surgir de círculos de trabajadores en empresas y sectores, lo que facilitaría nuevos foros de defensa de derechos laborales a través de procesos electorales más abiertos y menos rígidos que los actuales, regulados desde el Consejo Nacional de Relaciones Laborales (NLRB, según sus siglas en inglés).

Expertos en materia laboral consideran este mecanismo una solución idónea para que un sindicalismo renovado y adecuado a los nuevos desafíos de la digitalización y de la transformación industrial 4.0, que implica cambios en las cadenas de valor de las empresas y en los ecosistemas comerciales globales, pueda interceder e influir en asuntos como la formación profesional y las nuevas habilidades laborales y, por supuesto, en la justa redistribución de los beneficios.

Sanders, que ha intentado tramitar este tipo de propuestas en el Congreso desde 1992 -y en sucesivos años, hasta su último intento, en 2015- también establece como prioritario la exigencia a las empresas de que alcancen acuerdos con sindicatos -en asuntos salariales y en todo tipo de demandas profesionales- en un periodo de 90 días. Una fecha de caducidad a partir de la cual la negociación pasaría a dirimirse en un procedimiento de arbitraje.

Pero su iniciativa contempla ampliar la definición de empleado en un mercado laboral en el que gran parte de las empresas considera a cada trabajador como contratado independiente y a título individual, lo que fomentaría el asociacionismo y la colectivización de las negociaciones entre sindicatos y directivos de recursos humanos. Además de la posibilidad de extender las acciones de protesta a proveedores y firmas subcontratadas con las que operen las empresas y que puedan desvirtuar acuerdos en materia laboral.

O la denuncia pública de los fondos que determinadas compañías usan para pagar servicios de consultoría externa dirigidos a torpedear iniciativas de reivindicación sindical y que, básicamente, propagan amenazas entre la plantilla de cierre de actividad o de procedimientos de despido colectivos.

“Demonizar el sindicalismo es echar combustible sobre el incremento de la desigualdad”, insiste Sanders, en un momento en el que “los beneficios empresariales aumentan de forma notable, mientras los salarios están en niveles anormalmente bajos en relación porcentual a la actividad de la economía, la clase media desaparece y la brecha entre ricos y el resto de la ciudadanía se hace cada vez más sangrante”.

El control republicano del Congreso hace inviable cualquier plan legislativo de impulsar medidas de este cariz. A pesar de que el alza de retribuciones por hora de trabajo, según el último dato mensual, creció -en abril- un 2,6% en términos interanuales, un ritmo que propicia que los salarios estén aún por debajo de la cota previa a la última recesión de EEUU. De ahí que también abrecen la idea de establecer un salario mínimo interprofesional.

La reanimación del MediCare

Sanders y el movimiento izquierdista del partido demócrata también han retomado el MediCare para todos. Lema que han asumido la mayor parte de los candidatos de la formación que van a concurrir a los distintos cargos de representación que se dirimen en las elecciones convocadas, como es tradición, el primer martes después del primer domingo de noviembre.

Lo lanzó hace un año y promete universalizar los beneficios sanitarios federales a todos los ciudadanos, más allá de los mayores de 65 años del actual modelo. Casi todos los aspirantes a las primarias de la lista no oficial que pulula por los mentideros políticos y más de 120 candidatos al Congreso del partido se han adherido a su propuesta.

Bajo el formato actual, los estadounidenses pagan una prima mensual a una aseguradora privada que es la que acarrea con los gastos farmacéuticos y médicos por los cuidados que deben recibir por su dolencia. Hay varias reformas del sistema en el Congreso. Pero la de Sanders acaba con el formato de aseguradoras privas (MediCaid) y con otras alternativas estatales e instaura un programa único y nacional de seguridad social.

Crearía un nuevo impuesto, una cotización para empresas y familias destinado a un fondo sanitario que sería el que centralizaría los gastos y que, además, unificaría los recursos federales del Obama Care -basado en seguros premiums con diferentes aportaciones individuales- y de una variedad considerable -y dispersa- de dotaciones, en un único programa.

Con esta fórmula, médicos y proveedores recibirán una tasa de reposición del Departamento de Salud, con sus cuantías actuales, más baratas que las de las aseguradoras privadas y que también contempla el llamado equilibrio de pagos, por el que las firmas prestatarias de servicios podrán cargar directamente al paciente las diferencias entre los reembolsos reales y sus estimaciones de costes, cuando la cuantía de los tratamientos excede de sus previsiones iniciales.

E incluiría la protección sobre especialidades que, en la actualidad, no están cubiertas, como la dental o la oftalmológica. Para alcanzar el objetivo de la universalidad, la propuesta de Sanders establece el paulatino descenso de personas, en función de su edad, de forma anual, desde los 64 años, hasta culminar el proceso en un plazo de cuatro ejercicios. Los recién nacidos se incorporarían de inmediato al programa.

El apoyo social al MediCare de Sanders parece indudable. Un reciente sondeo de Reuters/Ipsos dice que el 85% de los demócratas, el 52% de los republicanos y el 70% de estadounidenses, en general, se declaran favorables a la medida. Y casi el 60% respalda un servicio federal de Salud, según la Fundación Kaiser de la Familia y el 75% valoran como adecuada la opción de combinar una cobertura gubernamental con pólizas privadas; el 65% de los simpatizantes republicanos.

El efecto electoral de Trump

Donald Trump considera la iniciativa de Sander como un “golpe vergonzoso”sobre el sistema que “fustigaría” las finanzas federales. Su verborrea también arremete contra el socialismo que, según sus palabras, abrazan sus rivales demócratas, que tilda de “peligroso” para la prosperidad futura del país. Bien es cierto que, en uno de sus primeros mensajes de precampaña electoral, dijo que no se sentía “responsable” ante una hipotética derrota republicana en el midterm.

Pero, de inmediato, ha dejado a un lado su imagen de verso suelto del partido y ha logrado revertir en varios puntos su rating de aceptación a su acción de gobierno. Hasta situarla en el entorno del 50%. Impulsado por la designación de su candidato, Brett Kavanaugh -con estrechos lazos en la formación republicana y acérrimo adversario de la regulación en los mercados-, al Tribunal Supremo, a pesar de las cuatro acusaciones de abusos sexuales que pesaban contra él.

Un caso que ha movilizado a su parroquia, esencialmente la de los estados del interior, determinantes en su carrera hacia la Casa Blanca, que parece pasar de puntillas sobre las cartas bombas que han recibido el matrimonio Clinton, Obama, George Soros, Robert de Niro o la redacción de la CNN, uno de los blancos preferidos de Trump en sus críticas a la prensa.

Aunque, sin embargo, asumen la ofensiva conspiranoide de los medios conservadores, que no han tardado en señalar a la rivalidad en las filas demócratas como relato para explicar el origen de estos intentos de atentado. Tampoco parece haber afectado a la imagen de Trump el asesinato del periodista saudí, Jamal Khashoggi, un affaire sobre el que han vuelto a emerger los intereses privados de Trump y miembros de su familia con el régimen de Riad por su inicial complicidad con la versión oficial saudí. Las espadas sobre el resultado de las elecciones de mitad de mandato están, pues, en alto. Con grandes posibilidades de que los republicanos, al menos, no pierdan su mayoría en el Senado.

Sea cual sea el resultado de la contienda en las urnas, el ambiente político en EEUU y el giro a la izquierda del partido demócrata ha sacado ya a la palestra las posibles candidaturas a la Casa Blanca, para 2020. Un sondeo de CNN sitúa al ex vicepresidente Joe Biden al frente, con un 33% de apoyo entre los simpatizantes de la formación. Sanders, con un 13%, y Harris, senadora por California y de perfil progresista, con un 9%, le siguen en el pódium de favoritos. Aunque Sanders sea el político más popular en el país.

La terna de los diez aspirantes con más probabilidades de ser el aspirante a la presidencia lo completan Gillibrand, senadora por Nueva York, identificada como centrista y próxima a Wall Street y a los Clinton; Elisabeth Warren, senadora por Massachusetts, a la que Trump llama despectivamente Pocahontas por tener orígenes indios, cercana a Sanders y con fuertes lazos con el establishment demócrata; Sherrod Brown, senador por Ohio, el preferido de trabajadores industriales; Cory Booker, senador por Nueva Jersey, el nombre de Silicon Valley y defensor de la justicia social; Terry McAuliffe, gobernador de Virginia, y crítico contra la ola supremacista del interior americano; Chris Murphy, senador por Connecticut, millennial y entusiasta de los planes sanitarios de Sanders y Andrew Cuomo, gobernador por Nueva York y de talante moderado.