Reflexiones autoflagelantes de un chileno autocrítico Horacio Larraín. Politicólogo chileno*. (Red Seca.cl)

Pocas veces, por no decir casi nunca, he estado de acuerdo con el contenido de alguna editorial de El Mercurio. Pero una frase me quedó dando vueltas cuando un pasado domingo de Julio, el editorialista se refirió a la falta de capacidad de la izquierda chilena de plantearse como una alternativa política. El sector quedó vacío de contenidos programáticos de significación, luego del término del segundo mandato de la Presidenta Bachelet, el cual fue originado gracias a un apoyo mayoritario al atrevido programa de cambios estructurales ofertado.

 

Tras una gestión, que fue duramente atacada no sólo por la oposición de derecha sino también por una parte importante de sus propios apoyos originales, los primeros motivados por el temor a modificar las reglas del juego actuales, y los segundos, algunos también por temor a estos cambios y otros por encontrarlos insuficientes, la izquierda se quedó sin una meta alternativa de relevancia. El proyecto, las organizaciones y las actividades constituyentes que intentaron dar inicio a un proceso de reemplazo de la carta magna vigente, cuyo origen se remonta a los años de la dictadura de Pinochet, se esfumaron en la nada, se hundieron en arenas movedizas sin dejar huellas. A nuestro juicio, si alguna vez se hizo referencia a un proceso histórico que se le denominó transición, era porque se esperaba que concluida tal etapa, el legado de la Dictadura no pasaría más allá de ser un objeto de estudio historiográfico. Pero no fue así. Las importantes reformas constitucionales del año 1989 y más adelante las 54 reformas del año 2005, entre ellas, las más significativas como el fin a la institución de los senadores designados y el término del rol tutelar de las FFAA como garantes de la institucionalidad, se constituyeron en parte importante de la consolidación de la democracia, pero en ningún caso desafiaron la esencia del modelo constitucional neoliberal de corte hayekiano que perdura hasta el día de hoy y que está resguardado por un entramado constitucional diseñado para evitar los cambios. En otras palabras, la transición nunca se produjo realmente. Desde una perspectiva académica se podrá argumentar que, de acuerdo a ciertas definiciones de tales o cuales autores, hubo transición. Pero aquí entraríamos a una discusión espuria que no viene al caso. La mayor parte de esas definiciones eran aplicables a países que nunca habían experimentado un régimen político democrático liberal, como la mayor parte de las naciones de Europa del Este. En nuestro caso, no era asunto de transitar desde la dictadura a una democracia cualquiera, menos hacia una “democracia protegida”, sino de recuperar nuestra arraigada tradición democrática liberal. Entre 1990 y 2010, gobernó la Concertación de Partidos por la Democracia, una alianza de centro-izquierda que incluía a la Democracia Cristiana. Aparentemente una exitosa coalición desde la perspectiva macroeconómica, en la que hubo un crecimiento inusual en la historia del país que alcanzó casi un 129,1% de aumento del PIB en la década 1990-2000 y de 120,7% en la de 2000-2010 (Wikipedia.27.07.18). Gracias, en parte, a una prolongada coyuntura de demanda internacional favorable al alto precio del cobre. En ese período, el índice de pobreza descendió desde 45% al término del régimen de Pinochet, hasta un 15% en 2012. Desde luego, la derecha no ha escatimado elogios para los gobiernos de la Concertación que, administrando el modelo neoliberal impuesto, alcanzaron tan significativo avance. Un avance que, desde la visión derechista, permitió la contención de los movimientos sociales y sus demandas, y perpetuó las leyes laborales diseñadas por el régimen autoritario. Se dio prioridad al dominio de los partidos políticos mediante el desarrollo del debate público y el acuerdo entre las cúpulas, generalmente libre y abierto, aunque a veces oscuro y en “la cocina”. Esto ocurrió en perjuicio de la participación democrática de la sociedad civil y de una genuina representación no interferida por los poderes fácticos y económicos o por el excluyente sistema electoral binominal del Congreso. En otras palabras, se desarrolló el polo de las oligarquías competitivas en desmedro del polo de las hegemonías representativas. Según Robert Dahl, es el camino intermedio entre ambos ejes el que puede aproximarse a algo parecido a una democracia, que él prefiere denominar poliarquía. Solamente las protestas estudiantiles de masas en 2006 y 2011 pudieron poner en la agenda el tema de la onerosa y deficiente educación en Chile. Desde otra cara, y probablemente como consecuencia de lo anterior, se evidenció una aguda desigualdad en la distribución de los beneficios del crecimiento, con un índice GINI que superó el 0.50, en una medición en la que 1 representa la desigualdad absoluta y 0 la igualdad absoluta. El promedio de nuestros socios desarrollados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) es de 0.33. Chile queda como el país más desigual del selecto grupo de 37 países. En su visita de Enero de 2015, el galardonado investigador y autor francés Henri Picketty declaró que en Chile, el 1% de la población se lleva casi el 35% del ingreso total, cifras que nos posesionan como uno de los países más desiguales del mundo. Un 0,01% obtiene ingresos mensuales que alcanzan los 460 millones de pesos, es decir, poco más de 707.000 dólares al mes. La supuesta eficiencia con que los gobiernos de centro-izquierda administraron el modelo heredado, tuvo sus costos políticos, sin embargo. Algunas figuras emblemáticas de la Concertación pagaron parte de estos costos. El ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle perdió la elección para el período 2010-2014 de manos del candidato de derecha Sebastián Piñera. En 2017, el ex Presidente Ricardo Lagos Escobar no fue considerado por la Nueva Mayoría como su candidato presidencial. El ex Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza debió aceptar la postulación al Senado por una región que no era de su preferencia. Peor es nada. La renovación socialista había mutado desde su posición socialdemócrata hacia una más bien liberal, repitiendo los códigos de moda. “Para qué quiere empresas el Estado”, me argumentaba un socialista histórico ya instalado en el aparato de poder, suscribiendo la propuesta de Enrique Correa de privatizar Codelco. El intelectual orgánico neoliberal con su propuesta económica neo-clásica que daría sustento al proyecto globalizador, fue mucho más potente y convincente que la base intelectual tradicional de orientación liberal-keynesiana que sustentó al estado de bienestar de la socialdemocracia. De aquí que esta última ha apelado más hacia el electorado de mayor nivel de educación que la tradicional base obrera sindicalizada, como lo señala el economista francés en sus últimas investigaciones, con lo que perdió su más importante base de sustentación. Pero, mal de muchos consuelo de auto-complacientes, como dice el refrán. Incapaces de defender intelectualmente su gran obra que constituyó el estado de bienestar, la socialdemocracia europea se sumó al carro globalizador llamando gasto a lo que antes llamaba inversión: en educación, salud y previsión. Disfrazaron la nueva doctrina como una tercera vía, pero en el fondo era una claudicación ideológica con el fin de mantener alguna cuota de poder político. El fracaso de esta vía fue enorme, dando paso libre a la extrema derecha populista, en auge hoy día en Europa. Ahora, más allá del discurso alabador de la obra concertacionista, según el Diario Financiero del 23 de Julio pasado, la noticia que debió ir en portada, fue que la última encuesta del INE revela que el sueño de ser una sociedad de clase media, está aún muy lejos de cumplirse. La opinión editorial dice: “es cierto que las cifras que mostró la Encuesta Suplementaria de Ingresos que entregó el INE el jueves pasado no trajeron grandes novedades. Somos un país de ingresos bajos, donde el 71% de las persona ocupadas recibió hasta $554.493 (el ingreso promedio). Más aún, la mitad de ellas percibió $379.673 o menos. Apenas el 12,2% ganó más de $1.000.000 mensual, nivel que muchos ya calificarían como de ‘clase media”. Para dar una idea de la proporción, comparada con un país desarrollado perteneciente a la OCDE como Dinamarca; en este país el sistema de pensiones es estatal de reparto y se encuentra en un nivel de aproximadamente $1.650.000.- neto mensual (unos 2.500 dólares). El nivel de precios en ese país no es muy diferente al chileno, sin embargo. Educación y Salud son gratuitas y de calidad. Se pagan con los altos impuestos que afectan a todos, trabajadores y empresas. Algunos daneses opinan que el sistema les es incómodo e injusto. Sin embargo, cada vez que se ha propuesto su reemplazo, este ha sido mayoritariamente rechazado. Por otra parte, en prevención de un eventual reventón de la burbuja financiera bancaria que crea una falsa clase media en Chile, el Gobierno ha aprobado un proyecto para terminar con la ignominia del Crédito con Aval del Estado (CAE). Se llama Sistema de Financiamiento Solidario (SIFS), es decir una forma de comprar las deudas de la banca privada, truco ya conocido como compra de carteras vencidas. Un nuevo proyecto que costará a las arcas del Estado, es decir, a todos los chilenos, unos 8.900 millones de dólares (varias líneas de Metro). Así, los banqueros que hicieron una fortuna con el endeudamiento para la educación de los jóvenes, se irán felices y compensados. (El Mercurio.22.07.18) El gancho consiste en que, si bien el CAE no contempla la condonación de la deuda, el SIFS, sí lo hace. Ello invitaría a los aproximadamente 185.000 morosos a inscribirse en el nuevo sistema y así, salirse definitivamente del DICOM. La movida ha sido muy inteligente: ¿Qué Congreso podría oponerse a tal generosidad? El truco en inglés se llama bailout: salvavidas para la banca. En chileno se llama: sacar las castañas calientes con la mano del gato. A nuestro juicio, se trata de un llamado de emergencia, que oculta otras preocupaciones de la Derecha, ya que la enorme morosidad estudiantil (casi un 40%) presentaría un peligro aún mayor para el sistema, pues puede contagiar a la altamente endeudada clase media, esa que se muestra al mundo para jactarse acerca de las maravillas que el modelo económico chileno ha logrado. Una situación que podría derrumbar todo el entramado del negocio financiero bancario ya que, en este último caso y, a diferencia del CAE, no existiría el aval del Estado. En otras palabras, ante la probabilidad de que ocurra un reventón de la burbuja especulativa chilena, es decir, que la clase media diga: “no pago más por este falso bienestar”, el Gobierno se adelanta. Ahora, las probabilidades de que la izquierda vuelva a ser un referente válido, dependerá del tiempo que demore la nueva generación, en parte representada en el Frente Amplio, para alcanzar su madurez política, habida cuenta de su calidad de sub-sistema de partidos bastante atomizado. Se trata, sin embargo, de una consecuencia previsible del cambio desde un sistema electoral binominal a uno proporcional. Es probable que deba pasar un nuevo período presidencial para la Derecha, antes que el espectro político se equilibre y la Izquierda vuelva a ser una alternativa política. Julio 2018


* Ingeniero, Academia Politécnica Naval; Piloto de Línea Aérea; Magíster en Ciencia Política, Universidad de Chile; Magíster en Estudios Políticos Europeos, Universidad de Heidelberg; Magíster en Seguridad y Defensa, ANEPE (Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos), Chile. Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos