Corea: 68 años en guerra (resumen) Luis C. Turiansky. Periodista uruguayo (VADENUEVO /118)

´Masacre en Corea' es una pintura--denuncia de Pablo Picasso pintado en 1951.(Inspirado en un clásico de Goya)

El pasado 12 de junio tuvo lugar, en el complejo para multimillonarios Capella de la isla Sentosa, frente a Singapur, un encuentro ya de antemano catalogado como histórico: por primera vez se dieron la mano Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, y Kim Jong-Un, Líder de la República Popular Democrática de Corea, dos países virtualmente en estado de guerra desde hace 68 años. Aquí un  repaso de tan largo conflicto .

La Guerra de Corea (1950-1953) fue de las más crueles y sangrientas de la historia humana. Es una blasfemia referirse a ella como un “episodio de la Guerra Fría” como puede a veces leerse, porque de fría no tuvo nada: su balance en número de víctimas (3 millones, en su gran mayoría del Norte) supera incluso al de la II Guerra Mundial. [1]

Lo increíble es que la intervención de Estados Unidos en apoyo de Corea del Sur, junto con las tropas de otros 15 países (entre ellos Colombia, bajo el régimen de “Violencia” que desembocó luego en la dictadura de Rojas Pinilla) haya tenido lugar bajo las banderas de las Naciones Unidas, en cumplimiento de una resolución del Consejo de Seguridad. ¿No hubo veto, entonces? Efectivamente, el veto no funcionó. La versión que suele presentarse es que la Unión Soviética no participó en la reunión creyendo que así la bloqueaba, pero que su ausencia no se computó como voto en contra, lo único que habría podido activar el procedimiento de veto. En cuanto a China, su representación todavía estaba reservada al viejo régimen derrocado, refugiado en Formosa (hoy Taiwán), que votó junto con EE.UU. Precisamente la denegación de los derechos de la República Popular China habría sido el motivo del abandono de las sesiones en signo de protesta por parte de los soviéticos. ¿O hubo algo más? La Rusia de hoy no dice nada.

La devastación fue total. El terreno también se utilizó para probar nuevas armas, entre ellas el napalm, que convierte a las víctimas en hogueras humanas. Cuando se vio que tanta muerte y destrucción no conducían a nada y que el conflicto había entrado en un callejón sin salida, las partes beligerantes (las dos repúblicas coreanas, bajo la mirada atenta de EE.UU., y la ONU) se reunieron cara a cara en Panmunjom, sobre la línea demarcatoria del Paralelo 38, creada tras la expulsión del Japón al término de la II Guerra Mundial como separación entre las dos zonas de ocupación aliadas. Como resultado, no fue la paz sino apenas un armisticio lo que se firmó.[2] Es lo que rige hasta hoy.

LA CRISIS

Los antecedentes mencionados deben tenerse en cuenta a la hora de juzgar lo que pasa en Corea del Norte. Nada puede justificar la opresión ni los crímenes del sistema que sea, pero lo de Corea del Norte guarda relación con la experiencia traumatizante de la guerra, el aislamiento político y el caos ideológico. Su concepción socialista se basa en un marxismo-leninismo “activamente adaptado” (citado exprofeso de los manuales norcoreanos) a las condiciones nacionales, que ya en tiempos de Kim I[3] quedó formulado a través de la mística idea “Zuche”,[4] incorporada a la Constitución.
“Songun” (lo militar ante todo). La RPDC construyó, con la ayuda de la URSS y China, uno de los ejércitos más poderosos de la región y un sistema de seguridad interior implacable y omnipresente, convirtiendo la sociedad en una fortaleza cercada, aislada del mundo y gobernada por un régimen de corte absolutista. Esto permitió al sistema sobrevivir las grandes tormentas de fines del siglo XX, la disolución de la URSS, la restauración del capitalismo en Europa central y oriental y la transición de China al capitalismo de Estado.

Cuando varios años de sequía agravaron el fracaso del proyecto económico autárquico al tiempo que proseguía inmutable la priorización del sector militar, el hambre crónica se hizo presente en los años 90 y principios de este siglo, especialmente en el campo. Las estadísticas oficiales hablan de 220.000 víctimas, cifra seguramente muy inferior a la realidad. Hubo que pedir ayuda a Corea del Sur, convertida entretanto en uno de los prósperos “tigres” de la economía capitalista asiática.

Aquí conviene detenerse un poco para captar toda la complejidad de las relaciones intercoreanas. Los coreanos forman una sola nación. La guerra y la alineación de cada parte en bloques político-ideológicos opuestos dejaron sin duda sus huellas, incluso en el idioma. Tal como fue el caso en la Alemania dividida, hay familias desgarradas por la línea demarcatoria y también son muchos los prisioneros de guerra o sus descendientes retenidos contra su voluntad. Los reencuentros familiares se han convertido en un problema humano y social de envergadura. Cada cierto tiempo se organizan emotivas visitas dirigidas, sobre todo después del “deshielo” de las relaciones en la década de 1990.

La postura de la porción meridional de la península ha variado ostensiblemente, desde el anticomunismo sórdido de la dictadura de Syng Man Rhee (en el poder de 1948 a su derrocamiento por una revolución popular en 1960) hasta la política de diálogo y colaboración con el vecino del norte que representa el actual presidente Moon Jae In, de encomiable papel en el acercamiento entre ambas repúblicas e intermediario del diálogo entre la RPDC y los Estados Unidos.

El capitalismo surcoreano no puede negarle la ayuda a los “parientes pobres” del Norte. Hay en esto un interés económico obvio, de lo cual es testimonio la información difundida por la Asociación Coreana (del Sur) de Comercio Internacional (KITA por su sigla en inglés) de que “la mayor parte de las sociedades mercantiles surcoreanas desean participar en proyectos de desarrollo de Corea del Norte” (citado por Uypress, 17.6.2018).

LAS SANCIONES Y LA BOMBA

Norte y Sur han estado proclamando sin cesar su deseo de reunificación invocando la unidad de la nación coreana. Pero cada uno lo ve de distinta manera. La confrontación ideológica y geopolítica los llevó a atacarse mutuamente. Corea del Sur confió su protección a la fuerza bélica de Estados Unidos y firmó un acuerdo militar con estos y el Japón, su ex enemigo. Por su parte, la RPDC se vio amenazada por estas medidas, aumentando su sensación de país cercado. Solo parecería admisible una reunificación de tipo confederal, que conserve la esencia de dos sistemas concurrentes. Pero esto era y es más bien utópico.

Después de la guerra, Kim I se afianzó en el poder gracias al apoyo incondicional de la URSS y China Popular. La ruptura ideológica del maoísmo en los años 60 afectó esta seguridad, al tiempo que fortaleció las tendencias aislacionistas. Cuando Kim II se vio en la disyuntiva de pedir ayuda para salvar a su pueblo de la hambruna, surgió a la luz que el país desde hacía años estaba trabajando por la obtención del arma atómica. Estados Unidos y sus aliados pusieron el grito en el cielo y, en lugar de mandar comestibles, ordenaron sanciones económicas, un método que últimamente se ha convertido en moneda corriente en las relaciones internacionales.

Con Kim III, la argumentación norcoreana pasó de la negación a la ostentación: Ah, ¿no quieren ayudar? Pues nosotros tenemos LA BOMBA. Y estamos haciendo cohetes que pueden llegar hasta Norteamérica. ¿No sería mejor sentarse a negociar? Todo esto acompañado con esa sonrisa característica que hizo célebre al líder norcoreano, repercutió en el lado pragmático del estruendoso Donald Trump.

OPERACIÓN SIMPATÍA BAJO LOS CÍRCULOS OLÍMPICOS

Del 9 al 25 de febrero se celebraron en Pyong Chang, República de Corea (Corea del Sur), los Juegos Olímpicos de Invierno. Las autoridades surcoreanas y el Comité Olímpico Organizador desplegaron notables esfuerzos para conseguir la participación de deportistas norcoreanos y, reviviendo experiencias anteriores, para que desfilaran juntos bajo una sola bandera (la península coreana en azul sobre fondo blanco). Llegaron a otro acuerdo: para gran pesar de la entrenadora, el equipo surcoreano de hockey sobre hielo femenino incluyó a jugadoras norcoreanas.

Además de deportistas, Kim III envió a un tupido elenco de “cheerleaders” o claque femenina para animar los estadios, más un conjunto de jóvenes roqueros y, sobre todo, a su hermana Kim Yo Jong, una atractiva joven educada en Suiza y con grandes dotes diplomáticas, que se conquistó a todo el mundo.

La cumbre en sí fue objeto de preparativos minuciosos y también difíciles. Cosa nunca vista, la administración Trump decidió suspender las maniobras militares conjuntas que tenía previstas con Corea del Sur para las fechas de los Juegos Olímpicos. Otro encuentro histórico fue el de los dos líderes coreanos, Kim Jong Il y el presidente Moon Jae In en la línea demarcatoria, pleno de momentos simbólicos típicos de la cultura asiática, como el cruce en ambos sentidos de la línea tomados de la mano y la plantación en común de un árbol dedicado a la paz.

Del lado norteamericano el proceso fue más accidentado. En determinado momento, el equipo de Donald Trump comenzó a barajar la “salida libia”. En visita sorpresiva a la línea demarcatoria, el vicepresidente Mike Pence pronunció un belicoso discurso, que fue calificado de “ignorante y estúpido” por voceros del gobierno norcoreano y las negociaciones se cortaron. Nuevamente el presidente surcoreano tuvo que tomarse el trabajo de sacar las papas calientes visitando repetidamente a las partes en pugna. También China hizo valer su ascendiente entre los coreanos e instó a Kim a que insistiera en el tema de las conversaciones. Un emisario de Kim viajó a Washington con un mensaje personal para Trump, que éste catalogó de “muy amistoso”. Finalmente, tal vez porque el mundo estaba a la expectativa y no se podía decepcionar a los periodistas, la reunión histórica quedó confirmada para el 12 de junio en Sentosa, Singapur. [5]

LA CUMBRE DE SINGAPUR

Esta república insular multinacional, en la que conviven malayos, chinos y tamiles, se caracteriza por su política de neutralidad consecuente. Posee una infraestructura apropiada para este tipo de reuniones y mantiene relaciones cordiales con la RPDC, por lo que su opción fue casi algo natural. El Gobierno singapurense aceptó su papel de anfitrión como una ocasión para divulgar sus ventajas económicas y turísticas, y cubrió generosamente los gastos locales. Según el primer ministro Lee Hsieng Loong, en declaraciones para Straits Times que cita la fuente rusa Sputnik, 10.6.2018, los mismos ascendieron a 20 millones de dólares, lo que el jefe de gobierno calificó como “un aporte de su Estado a los esfuerzos internacionales para solucionar la crisis en la península de Corea”.

Los amantes de los grandes sucesos trasmitidos en vivo al estilo de la boda del príncipe Harry pueden haberse sentido defraudados por la brevedad de la reunión. Pero hay que ver que los protagonistas llegaron en la víspera y sin duda en la noche los equipos de negociadores trabajaron duramente para arribar a un texto consensual.

La Declaración Conjunta en sí no contiene nada espectacular fuera de las frases de cortesía mutuas y el compromiso de trabajar por la paz. Lo esencial sin embargo figura en el tercer párrafo:

“El presidente Trump se ha comprometido a dar garantías de seguridad a la República Democrática Popular de Corea y el presidente Kim Jong-un ha reafirmado su compromiso firme e inamovible por la completa desnuclearización de la península de Corea” (20 Minutos, 12.6.2018, Madrid).

Es la primera vez que un representante de Estados Unidos se compromete a reconocer e incluso proteger la seguridad de la República Democrática Popular de Corea. A cambio de esto, Kim renuncia a las armas atómicas, pero el concepto de desnuclearización se hace extensivo a toda la península de Corea. Negocio redondo, sin disparar un tiro. Solo esto es suficiente para que el encuentro haya merecido el epíteto de “histórico”.

Lo otro, igualmente significativo, no figura en la declaración: Estados Unidos prometió cancelar las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur, intención corroborada por un decreto posterior a la reunión. Se trata de ejercicios de zafarrancho bélico que se realizan regularmente en Corea del Sur con participación de fuerzas norteamericanas y que Corea del Norte siempre consideró una provocación y una amenaza.

Esto se logró sin duda debido al chantaje nuclear ejercido por la RPDC. De hecho ninguna persona en sus cabales puede optar por la guerra atómica, pero ¿será que hay que tener la bomba para que el otro se digne negociar? Por este camino quiso ir Irán y también lo hicieron discretamente Israel y Pakistán. En el caso coreano este póker tal vez les traiga tranquilidad y seguridad a cambio de un enorme sacrificio económico, que ha tenido que soportar principalmente el pueblo. Sin embargo, por el momento no son sino promesas.

En resumen, sin duda la amenaza nuclear no parece ser un método aconsejable para lograr objetivos políticos o económicos. ¡Pobre mundo si el ejemplo cunde!

[1]Según datos de Agencia EFE, reproducidos por 20 Minutos, 12.8.2017, Madrid.

[2]Técnicamente el armisticio es solo el cese de las hostilidades pactado entre las partes beligerantes. No es equivalente a un tratado de paz, por el cual una guerra se termina estableciendo las condiciones de la coexistencia ulterior. Actualmente, la frontera entre ambas repúblicas coreanas es una franja desmilitarizada, fuertemente vigilada de ambos lados, así como por un contingente de “Cascos Azules”.

[3]Kim Il Sung, el fundador. Le siguen su hijo Kim Jong Il y el nieto Kim Jong Un, actual Líder. En coreano el primer nombre es lo que para nosotros es el apellido. Para facilitar la memorización, los llamaré, respectivamente, Kim I, Kim II y Kim III.

[4]Atribuida al propio Kim I, se resume en la afirmación de que “los dueños de la Revolución son las masas”.