“Peregrinación a Marx” * Víctor O. García Costa. Escritor e Historiador argentino**

“‘Marx, ese hombre a quien la clase obrera de
toda Europa y América debe más que a
hombre alguno, descansa en el cementerio
de Highgate, y sobre su tumba crece ya la
primera hierba” (Federico Engels. Prólogo
a la edición alemana de 1883 del Manifiesto
Comunista. Londres, 28 de junio de 1883),

Este trabajo es parte de un viejo borrador, nunca publicado, que acaba de cumplir 41 años de archivo.VGC.

Poco y nada debemos agregarle, salvo decir que esa peregrinación fue hecha por nosotros en medio de una reunión del Buró de la Internacional Socialista, que integrábamos, realizada en Londres y presidida por el compañero, que nos honró con su amistad, Willy Brandt (Lubeck, Alemania, 1913 – Unkel, Alemania, 1992), por entonces ex canciller de Alemania Federal y presidente de la Internacional y en la que estuvieron presentes, entre muchos otros, Francois Miterrand (Jarnac, Francia, 1916 – París, Francia 1996), Olof Palme (Ostermalm, Estocolmo, Suecia, 1927 – Estocolmo, Suecia, 1986), Bruno Kreisky (Margareten, Viena, Austris, 1911 . Viena, Austria, 1990), Léopold Sédar Senghor (Joal-Fadiouth, Senegal, 1906 – Verson, Francia, 2011), poeta y escritor destacado, todos altos mandatarios de Francia, Suecia, Austria y Senegal, respectivamente.

Unas horas antes de la reunión del Buró, a las 7 y 38 del martes 2 de abril de 1977, en una mañana que aparecía como soleada y fría en la naciente primavera londinense, iniciamos, desde Kensington, la Peregrinación que culminaría al pie de la tumba de Karl Marx (Tréveris, Prusia, 1818 – Londres, Inglaterra, 1883) en el viejo Cementerio de Highgate.

Inaugurado el 20 de mayo de 1839, el Cementerio de Highgate fue diseñado por el arquitecto y empresario británico Stephen Geary (1757-1854), como parte de un plan destinado a dotar a Londres de siete cementerios privados, llamados los Siete Magníficos, una suerte de alternativa a los cementerios vinculados a las iglesias, por entonces notoriamente insuficientes. Sabíamos que, desde hacía algunos años, se encontraba en estado de abandono, del que no lo habían sacado las enormes personalidades sepultadas en èl.

Una emoción militante nos impulsó desde el momento mismo de partir, emoción que iría estimulándonos hondamente a medida que nos acercábamos a destino.

Al salir a la calle, casi desierta, cuello levantado y manos ensobradas en los bolsillos de nuestro saco de cuero negro, después de descender por una escalera de madera crujiente para abandonar la bohardilla económica alquilada en una casa de familia, bajo un tejado de madera y pizarra donde habíamos pasado la noche entre sobresaltadas somnolencias ocasionadas por el multicaminar interminente, uñoso, corto y rápido, característico de los roedores, hemos cruzado Ashburn Place para doblar por Cortfield Road hasta la Estación Gloucester Road de Piccadilly Line del Underground, el subterráneo londinense. En Gloucester Road confluyen 3 líneas: Piccadilly Line, Circle Line y District Line.

Una enorme caja de un viejo ascensor, accionado por un no menos viejo y trepidante mecanismo que activaba un trabajador de raza negra y edad indefinida, uniformado y con gorra de visera que deja ver su pelo de mota entrecana, nos desciende para que, luego de atravesar largos pasillos azulejados y con guardas de color -como nuestro viejo subte de la línea “A, antes llamado “del Anglo”, en cada estación un color distinto para ubicación de los analfabetos-, pueda arribar al andén de la línea con terminal en Walthamstow Central.

Del negro túnel emerge, silbante y violento, como un largo gusano enloquecido, el aerodinámico tren subterráneo plateado que nos llevará, después de pasar por las estaciones Knightsbridge, Hyde Park Corner, Green Park y Piccadilly Circus, hasta la de Leicester Square, punto de conexión con la Northern Line.

En Leicester Square debemos esperar el paso de varios trenes, uno con dirección Edgware y otro, rojo, que por la misma vía tiene como dirección la intermedia estación de Golders Green. Por fin llega el tren subterráneo, con cierto aire suburbano y dirección High Barnet, que luego de atravesar Tottenham Court Road, Goodge Street, Euston Square, Morgnington Crescent, Camden Town -que es la confluencia de vías de la Northern Line con dirección a Egdware-, Kentish Town, Tufnell Park y Archway, nos dejará, solitario, en Highgate, la «alta puerta» de la colina.

Llegamos a Highgate a las 08:50 horas. Con el trepidar del tren que se iba a su terminal en High Barnet, mientras buscamos la salida, se alejó el último contacto con el mundo urbano londinense. Como una despedida, la larga escalera mecánica nos lleva a un amplio hall por cuyo corredor, hacia la derecha, según lo indica un gran cartel, saldremos a Archway Road, la calle del otrora «arco abovedado».

Antes de transponer la puerta de salida y que el frío matinal nos castigue el rostro con fuerza, unos amplios ventanales nos permiten ver las ramas altas, apenas brotadas y calvas, de un bosquecillo gris verdoso.

Cruzamos la calle Archway Road, de dos manos y tránsito intenso y, doblando a la izquierda, entramos en Southwood Lane, la larga calle del bosque del sur. Ya estamos en camino hacia el centro del Old Highgate, un viejo poblado del village londinense, tan antiguo como que sus remotos orígenes históricos se remontan a la dominación romana. De esa dominación sólo quedan rastros para la minuciosa investigación arqueológica, pero es evidente que el Old Highgate hunde sus huellas en los siglos XIII y XIV. De él se han ocupado los historiadores, entre otros, Frederick Prickett en su The History and Antiquities of High, Middlesex, 1842 y William S. Gibson en su The Prize Essay on the History of Highgate, del mismo año 1842.

La traza de las pocas calles de Highgate, que poco tiene que ver con la cuadrícula de Hipodamo de Mileto (Mileto, Grecia -498 – Mileto, Grecia -408), se arquea bajo el peso histórico, como acompañando un perfil geológico ondulante de pequeñas colinas boscosas. Cruzamos Hillside Gardens, a la izquierda, y The Park, hacia la derecha, ascendiendo a lo largo de Southwood Lane, que se estrecha entre paredones bajos, a la izquierda, y viejos árboles que se inclinan a nuestro paso sobre el terraplén oscuro, a la derecha. Dejamos atrás, a la izquierda, la confluencia de Southwood Lawn Road y Jackson Lane para seguir subiendo la cuesta empinada.

Entre tanto, vamos observando la poda tardía que se realiza a lo largo de Southwood Lane, que recorro. Dejamos atrás el Southwood Hospital, a nuestra izquierda, y luego una serie de siete casas rojas, de dos plantas y techados iguales, a nuesstra derecha.

Atravesamos Castle Yard, una callejuela corta pero muy transitada, que está a nuestra derecha y luego, a nuestra izquierda, Kinsey Place, que se continúa en bajada mostrando las copas endebles de unos arbolillos en flor, como si Southwood Lane fuese echando caminos de distintos nombres hacia ambos lados.

El Highgate School marca el final de Southwood Lane en su cruce con Highgate High Street donde, a la derecha, tras las negras rejas de un predio se mantienen milagrosamente en pie las grisáceas lápidas verticales de un viejo cementerio misterioso y como abandonado.

Highgate Gate Hill con sus negocios nos lleva hacia la derecha a South Grove, con sus viejos edificios, donde funciona en ese momento una exposición floral. En una antigua librería de esa calle principal, encontramos un pequeño folleto con la historia de ese suburbio, folleto que, siguiendo nuestra compulsión coleccionística, compramos y conservamos, el que nos dio los conocimientos necesarios del lugar que visitábamos desde sus remotos orígenes románicos y que fue una guía insuperable para nuestro trabajo: “Peregrinación a Marx”, que alguna vez publicaremos. Esa vez ha llegado
Nos aproximamos a la más antigua calle de Highgate, quizá la más estrecha y de cuesta más empinada. Es Swains Lane sobre cuya traza viviera hacia 1665 el famoso médico Elisha Coysh, en cuyas veredas, derecha e izquierda se encuentran las entradas al viejo Cementry de Highgate en la zona conocida como Dartmouth Park. En la fracción de la izquierda de ese Cementerio se encuentra la tumba de Carlos Marx.

Como el Cementerio se encuentra cerrado y en estado de abandono, nos introducimos en él a través del agujero existente en la parte izquierda de un alto alambrado perimetral, intrusión sin violencia que, afortunadamente, han hecho otras personas antes que nosotros, lo que nos permite preguntarles sobre el lugar preciso en que se encuentra la tumba de Marx y que ellas nos señalan.

En tanto recorremos el arbolado camino indicado, de tierra, abovedado y húmedo, pisando hojas secas y crujientes, divisamos allí, a lo lejos, una enorme cabeza dorada , realizada por el escultor Laurence Bradshaw (1899-1978), alzada sobre un alto pedestal cuadrangular de mármol, que ha reemplazado al viejo sepulcro del que sólo queda, al frente del monumento, la antigua lápida de mármol blanco con los nombres de los miembros fallecidos de la familia Marx que allí se encuentran. Arriba de la antigua lápida, debajo de su gran cabeza, grabado, el mensaje de Marx en El Manifiesto de 1848: ”Proletarios del mundo, Uníos”

Al observarlo, al pie del monumento, un siglo y medio de heroica historia social, de luchas y de sangre, pasaron rapidamente por nuestro pensamiento. Alguien se ofreció a sacarnos una foto al pie del monumento. Luego, desandamos el camino hacia la estación del Underground. La misión había sido cumplida.

Londres, 2 de abril de 1977.


  • *Título del artículo  original enviado por el autor al semanario a Gracus Babeuf.
  • ** Nació en el barrio de Montserrat en 1932. Fue Secretario General del Partido Socialista y Legislador por esa agrupación. Tiene más de veinte libros publicados, coleccionista  y bibliófilo con una inmensa colección de documentos originales (que deberían der asumidos por el Estado argentino)