A 75 años de la insurrección del ghetto de Varsovia Daniel Silber. Periodista, profesor y directivo del ICUF*

“En la fidelidad a las tradiciones lo importante no es guardar las cenizas, sino sostener la llama”. (Jean Jaures, Fundador del Partido Socialista Francés y el periódico L´Humanité)

El 19 de abril se cumplen 75 años del Levantamiento del Ghetto de Varsovia. Fue la primera rebelión urbana contra los nazis alemanes durante la IIª Guerra Mundial. Más allá del efecto militar, una de sus significaciones es que puso en lo más alto de la historia las tradiciones combativas y de heroica resistencia del pueblo judío, que como en otros tiempos y eventos, volvió a emerger con toda fuerza la idea de la libertad y dignidad.

Este año –como todos los años, como cualquier año- la presencia no debe pasar desapercibida, en un silencio total como si ya no importara recordar este acontecimiento. Quizá el simple hecho de conmemorarse una cifra significativa nos ayude a ponerlo en la escena con más potencia.

Antes del comienzo de la IIª Guerra Mundial vivían en el mundo unos 15.000.000 de judíos. Unos 11 millones vivían en Europa; de ellos unos 6 millones (la gran mayoría polacos y soviéticos, entre ellos mas de 1.500.000 de niños menores de 15 años) fueron asesinados por la maquinaria industrial del crimen organizado hitleriano, planificado y ejecutado con tenebrosa y diabólica precisión genocida por la Alemania nazi y sus aliados entre 1939-45: campos de concentración y exterminio, fusilamientos masivos, torturas, hambre, experimentos siniestros, enfermedades, cámaras de gas, hornos crematorios, extenuación física.

Aquí no hay lugar para opiniones de negacionistas, revisionistas y nazis viejos o nuevos que cada año, ante este tipo de aniversarios o cualquier otro relacionados con este genocidio, plantean la inexistencia absoluta de esa macabra operación.

La pretensión de borrar de la faz de la tierra a todo un pueblo fue uno de los más sanguinarios intentos realizado por la dirección política de un Estado desde sus más altas esferas de gobierno, lo que se llevó a cabo con el más feroz y estricto cumplimiento, aun cuando el curso de la guerra establecía otras prioridades. Quizá un antecedente haya sido el genocidio del pueblo armenio por parte del Estado turco en plena Iª Guerra Mundial y años posteriores.

Ninguna biblioteca pública o privada, ningún archivo, ningún museo en el mundo, por mas textos, documentos, testimonios detallados que posean, podrán registrar cabalmente el horror y el dolor padecidos. Seis millones parece una cifra inconcebible, y así sola se convierte en abstracta, como el concepto –en el vacío- de “campo de concentración”. Pero cuando se ponen nombres propios –Leike, Shimen, Berl, Jane, Minke, Moishe, Leiv- adquieren otra dimensión, porque empiezan a tener historias, proyectos, sueños. Dejan de ser número para transformarse en lo que eran: personas de carne, hueso, sangre, conciencia y sentimientos.

Alemania sometió a Polonia en pocos días mediante una guerra relámpago. En los territorios ocupados, el nazismo organizó una política de terror para los 3.000.000 de judíos polacos.

El Ghetto de Varsovia surgió como consecuencia de la política racista y antisemita nazi; se ordenó concentrar a toda la población judía de Varsovia primero y de Polonia luego en un área de unas 100 manzanas, separándolas del resto de la ciudad por murallas y alambradas. En poco tiempo, unas 550.000 personas vivían hacinadas sin las condiciones mínimas de subsistencia digna, carentes de agua, alimentos, calefacción. La descripción de lo sucedido fue contada miles de veces: fotografías y filmes de la época reflejan con meridiana claridad el desastre humano de esta creación que el genio perverso del fascismo engendró. Fue una verdadera catástrofe humanitaria: 150.000 personas murieron de hambre, frío, agotamiento, enfermedades; 300.000 en campos de concentración y “traslados” en el invierno de 1942; 70.000 fueron asesinados en la primavera – otoño de 1943.

Todas las formas de matar estaban científicamente estudiadas. El exterminio por hambre fue una política de aniquilamiento premeditada hacia la población del Ghetto. Los nazis ocupantes de Varsovia, recibían alimentos con 2.310 calorías diarias; los extranjeros aliados 1790; los polacos 634 y los judíos apenas a 184 calorías.

Así y todo, el Ghetto resistía: no solo era el preparativo armado; también eran los periódicos, el archivo de Ringelblum, el asilo de Korczak, las orquestas, las escuelas, las celebraciones religiosas, las funciones de teatro…todo en la más dura clandestinidad.

Es poco probable que los combatientes del Ghetto conocieran al Gral. José de San Martín; seguramente tampoco sabían de la Orden General al Ejército de los Andes de julio de 1819; ella decía: “La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos: si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres, y si no, andaremos en pelota, como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, y lo demás no importa nada… Compañeros juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, ó morir con ellas como hombres de corage” (sic).

Y así lo hicieron desde el 19 de abril de 1943 cuando comenzó el Levantamiento. Lucharon como pudieron y con las armas que consiguieron. Pero no fue solo eso: contando con armamento menos que precario (viejos fusiles y revólveres, bombas molotov) pelearon contra varios batallones nazis (alemanes, estonios, ucranianos y policías polacos) con armas modernas, con apoyo de tanques y cañones. Resistieron casi un mes en condiciones de lucha completamente desiguales y murieron con las armas de la mano como valientes hombres y mujeres hasta verse completamente libres.

El Levantamiento del Ghetto de Varsovia fue una de las sublevaciones más importantes de Europa, formidable y heroica, realizada por la resistencia judía. Su lema “No olvidar, no perdonas jamás”, como onda expansiva, conmocionó a todos. No fue ningún acto desesperado, sino el resultado de un largo y duro trabajo de preparación y organización donde se puso de manifiesto con gran fuerza, la unión patriótica de los antifascistas de todas las tendencias políticas (sionistas, comunistas, socialistas, independientes, creyentes, ateos) dentro del Ghetto; fue la culminación de una trabajosa construcción unitaria y combativa de diversas organizaciones políticas e ideológicas, que aun en las terribles condiciones de la clandestinidad y las persecuciones, supieron encontrar(se) en la lucha antifascista.

Desde el punto de vista histórico, político e ideológico fue la expresión más genuina de las mejores tradiciones combativas y revolucionarias de la judería polaca. También lo es de la propia historia de la nación polaca porque forma parte inseparable de ella, aunque las actuales autoridades practiquen una revisión lindante con el negacionismo más cínico.

Lograr la unidad combatiente no fue sencillo. El primer grupo de importancia fue el Bloque Antifascista de Lucha (marzo / 1942) gracias a la labor consecuente de Andrei Szmidt con una clara definición unitaria y antifascista. Estaba formado por el Partido Obrero Polaco (PPR – Comunista) y diversos destacamentos juveniles sionistas (Hashomer Hatzair, Poale Sion, Hejalutz, Dror), editando el periódico “El Llamado”

El Partido Obrero Polaco surgió en enero de 1942 por la unión de varios grupos (Espartaquista, Hoz y Martillo, Amigos de la URSS) dispersos dentro y fuera del Ghetto; tuvo gran peso no solo en la lucha por la liberación del Ghetto sino en toda la Polonia ocupada por los nazis; sus objetivos centrales eran preparar la resistencia y los sabotajes, ayudar a los habitantes del Ghetto y a los prisioneros soviéticos. Su figura mas destacada fue Josef Lewartowski. Las primeras operaciones militares se realizaron entre junio de 1941 y enero de 1942 en conjunto con el Hashomer Hatzair (Joven Guardia)

Este grupo político sionista de izquierda era más importante; su participación en los combates fue muy destacada. Mordejai Anielevich, jefe militar de la insurrección del 19 de abril de 1943, pertenecía a el. Su ideología era cercana al marxismo aunque era partidario de tener una patria nacional para los judíos en Israel, similar a la de organizaciones como Poale Sión (Trabajadores de Sión) y el Dror.

También existía el Bund (Partido Socialista judío de tendencia reformista), muy popular en la etapa pre-guerra. Si bien no era proclive a la resistencia armada como método de combate, sí lo era su juventud. De allí surgió Marek Edelman, comandante de uno de los grupos más importantes de los insurgentes y que sobrevivió a la guerra.

Los grupos sionistas de derecha crearon sus propias formaciones militares (Unión Judía de Combate –ZZW-), que actuó independientemente durante el Levantamiento.

Finalmente, se creó la Organización Judía de Combate (octubre / 1942). Reemplazó al Bloque Antifascista en Lucha, ampliando y fortaleciendo la unidad judía y combativa con la incorporación de grupos sionistas y del Bund. Su dirección política estaba integrada por los comunistas, Bund, Hashomer Hatzair y sionistas socialistas. Tuvo la responsabilidad de organizar, dirigir, realizar y combatir en la insurrección del Ghetto de Varsovia. El jefe militar fue Anielevich y en el estado mayor estaban el Bund, Hejaluts y los comunistas.

El nazismo no fue la locura de un presumido que había hechizado al pueblo alemán. Fue la aplicación consciente de una ideología que consideraba obvia la existencia de seres humanos inferiores y que, en consecuencia, defendía la radical desigualdad entre personas y grupos nacionales. Los judíos fueron las principales –pero no únicas- víctimas de un proyecto de sociedad racial que estaba en el corazón del fascismo alemán y europeo, y en el que eslavos y gitanos eran también candidatos al exterminio, al igual que homosexuales, discapacitados, opositores políticos, Testigos de Jehová. La maquinaria nazi de muerte tenía una racionalidad económica, y no estaba sólo al servicio de la ambición sino de un proyecto político que había conseguido el apoyo del capitalismo germano.

Las jóvenes generaciones casi no pueden imaginar ni el martirio ni la resistencia del Ghetto, pero cuando comprenden lo que sucedió y lo ven con sus propios ojos, entonces se convierte en algo concreto. Al igual que lo sucedido con nuestra dictadura cívico-militar, es de primordial importancia dejar huellas, de las evidencias en el lugar. Eso es decir que el terror empezó aquí, en este sitio, en mi calle, en mi esquina. De allí, las baldosas en las veredas, las plaquetas en las paredes, las pintadas, el señalamiento.

Por todos estos motivos, el Levantamiento del Ghetto de Varsovia, esa gloriosa insurrección, no pertenece a los judíos. Pertenece al acervo rebelde y emancipatorio de la Humanidad.

El Ghetto fue arrasado por completo, y la propia Varsovia sufrió luego igual destino. Quedan, junto con los recuerdos exhaustos de los sobrevivientes, la dignidad y la rebeldía del ghetto. Sus ojos nos miran para siempre, para que no olvidemos nunca que ellos estaban allí, en el infierno…y que lucharon “Por nuestra y vuestra libertad”

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  • ICUF (Federación de Entidades Culturales Judias de la Argentina)